-Mujer, pásame las patatas! – eso era todo lo que se escuchaba durante las comidas en la casa de los Pepisweister. Patatas, patatas y más patatas. La vida no era fácil y de algo había que sobrevivir, o al menos es era lo que pensaba sr. Hans Pepiswesiter, el dueño de casa. El sr. Pepisweister era un funcionario de la ciudad, se pasaba todo el tiempo visitando y aterrorizando a todas las casas del pueblo haciendo inspecciones de sanidad para el gobierno local. Las comadronas huían de su vista si se lo cruzaban por la calle rumbo al mercado o al río, pues estaban seguras que él tendría una razón para increparlas. Así es pues como el protagonista de nuestra historia no era muy querido ni apreciado por las gentes de Hamburgo, y la situación no era muy diferente en su propia casa.
La señora Pepisweister (que la historia se encargó de olvidar su nombre de pila pues resultaba irrelevante ya que era mujer y vivía en el siglo XVI) detestaba a su marido, pero debía vivir con el o elegir la calle.
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La señora Pepisweister en sus años mozos.
1 comentario:
Fuera de detestarse mutuamente, la pareja de esposos Pepisweister llevaban una vida apacible en el hogar, les gustaba dar paseos por el campo donde hablaban sobre el clima o tenían conversaciones acerca de los defectos mutuos
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